HACE 166 AÑOS, OTRO ECLIPSE TOTAL OSCURECIÓ EL CIELO DE AMOREBIETA. EL FENÓMENO FUE CASI EL MISMO, PERO QUIENES LO CONTEMPLARON VIVÍAN EN UN MUNDO MUY DISTINTO. ENTRE AQUEL 1860 Y ESTE 2026 HA CAMBIADO NUESTRA FORMA DE ENTENDER LO QUE OCURRE SOBRE NUESTRAS CABEZAS: DONDE ANTES PODÍA HABER MISTERIO Y MIEDO, HOY TENEMOS CIENCIA Y CONOCIMIENTO. AUNQUE, CUANDO EL SOL DESAPARECE, LA EMOCIÓN SIGUE SIENDO LA MISMA.
El pasado 12 de agosto, durante unos instantes, en Amorebieta se hizo de noche antes de tiempo.
Nos nos pilló por sorpresa. Llevábamos meses esperándolo. Sabíamos el día, la hora y casi el segundo exacto en el que la Luna se colocaría delante del Sol. Habíamos consultado mapas y previsiones. Teníamos las gafas preparadas y los móviles apuntando hacia el oeste.
Pero hubo otra tarde, mucho tiempo atrás, en la que alguien pudo levantar la vista desde este mismo lugar y contemplar prácticamente el mismo espectáculo.
Fue el 18 de julio de 1860. Han pasado 166 años. Aunque estos días se ha recordado mucho el eclipse de 1905, aquel fenómeno no llegó a ser completamente total en Amorebieta. Para encontrar un eclipse total sobre nuestro pueblo hay que viajar hasta aquel verano de 1860.
Intentemos imaginar el Amorebieta de entonces.
Amorebieta y Etxano eran todavía dos anteiglesias independientes. No había tren, coches, radio, televisión ni teléfonos móviles que avisaran de que algo extraordinario estaba a punto de suceder.
Podemos imaginar a alguien trabajando en un caserío. El cielo comienza a perder luminosidad. La temperatura desciende. Los colores se vuelven extraños. Y finalmente, en pleno día, el Sol desaparece.
¿Qué habría pensado?
En 1860 la ciencia ya sabía qué era un eclipse y podía predecirlo. De hecho, aquel fenómeno atrajo a Euskadi expediciones científicas de distintos países. Pero una cosa era lo que sabían los observatorios europeos y otra la información que podía llegar hasta una familia de Amorebieta.
Durante siglos, ante lo desconocido, los seres humanos buscaron otras explicaciones. En algunas culturas se pensaba que un ser devoraba el Sol; en otras, que los eclipses anunciaban guerras, desgracias o la ira de los dioses.

Y donde hay misterio, muchas veces aparece también el miedo.
Antes podía ser el temor a un castigo divino o a una desgracia anunciada desde el cielo. Hoy los mecanismos son diferentes, pero quizá no tanto. Las redes sociales amplifican rumores y mensajes alarmistas capaces de convertir un fenómeno perfectamente conocido en algo amenazador.
La diferencia es que hoy tenemos una herramienta que aquel baserritarra no tenía a su alcance: el conocimiento.
La ciencia no elimina la emoción, pero sí puede quitarle terreno al miedo. Saber qué ocurre, por qué ocurre y cuáles son realmente los riesgos nos permite distinguir entre una precaución razonable y una amenaza exagerada. Y dificulta, además, que otros utilicen nuestro desconocimiento para asustarnos o engañarnos.
Hoy podemos calcular un eclipse con décadas de antelación, saber a qué hora comenzará e incluso cuánto durará desde el lugar en el que vivimos.
Y, sin embargo, cuando el pasado 12 de agosto la luz empezó a desaparecer, todos volvimos a mirar al cielo.
Entre aquel eclipse de 1860 y el de 2026 llegaron el ferrocarril, el automóvil, la electricidad, el teléfono, la televisión e Internet.
Amorebieta y Etxano se convirtieron en un solo municipio. Cambió nuestra forma de trabajar, viajar, comunicarnos y entender el mundo.
Han cambiado casi todas las cosas que rodean nuestra vida.
Pero durante unos segundos hicimos exactamente lo mismo que quienes vivían aquí hace 166 años.
Levantar la mirada al cielo y sentirnos pequeños. Recordar que además de en Amorebieta, ocupamos un lugar en el universo.
