«VINIERON LAS EMPRESAS DE ORLANDO EN BUSCA DE PELOTARIS. YO ERA UN ALDEANO QUE NO HABÍA SALIDO DEL PUEBLO»


Patxo Elorriaga ‘Elorri’ Ex pelotari

Hay recuerdos que no se borran, aunque hayan pasado más de sesenta años. Patxo sigue hablando de su juventud en Amorebieta con la naturalidad de quien no ha olvidado ni el barro del campo ni el ambiente del frontón. Antes de convertirse en pelotari profesional en Estados Unidos, fue un chaval de pueblo al que el deporte ya le abría camino.

Curiosamente, el primer deporte importante no fue la cesta, sino el fútbol. Lo recuerda con orgullo: “Con 16 años jugaba con los mayores del Amorebieta”. No era habitual que un crío entrara tan pronto en el equipo de los mayores, pero él lo hizo. Y además dejó huella desde el principio: “Me acuerdo del día que debuté con el primer equipo contra el Derio: marqué dos goles”, cuenta.

Aquella primera etapa transcurre en un Amorebieta muy distinto al actual. Un pueblo más pequeño, con menos casas y una vida hecha en la calle, donde el frontón de Zelaieta, entonces descubierto, era punto de encuentro. Allí empezó su relación con la pelota.

La escuela de Durango fue clave, y en ese camino aparece una figura que no olvida: don Víctor, el cura. “Él nos animó a Tomás Larrucea y a mí a ir a la escuela de Durango. Y él pagaba todo; nosotros no teníamos dinero”. Ese apoyo permitió que muchos jóvenes, como él, siguieran adelante.

Después llegó Mallorca. Con 17 años salió de casa para hacer la mili, pero también para seguir jugando. “Fui a Mallorca porque me decían que podía jugar a pelota y hacer la mili al mismo tiempo”, recuerda. Aquella etapa fue el puente entre el chaval de Amorebieta y el pelotari que estaba a punto de dar el salto.

Y ese salto llegó casi sin buscarlo. “Vinieron aquí las empresas de Orlando en busca de pelotaris”. Con apenas 21 años, cruzó el Atlántico sin imaginar lo que le esperaba. “Yo era un aldeano que no había salido del pueblo”, reconoce.

Lo que encontró en Florida fue un mundo completamente distinto. El Jai Alai vivía allí una época dorada. “Había días que jugábamos tarde y noche”, cuenta. Los frontones se llenaban a diario: “Más de mil personas” podían acudir, en un ambiente que mezclaba deporte, espectáculo y vida social. “Venían políticos, artistas de Hollywood, deportistas de élite, cantantes…”

En lo deportivo, su trayectoria fue rotunda: “El primer año gané todo en Orlando”.  Se convirtió en uno de los nombres destacados de aquel circuito, en una época en la que muchos pelotaris vascos encontraron en Estados Unidos una oportunidad única. Pero su historia no se quedó solo en el deporte. Orlando acabó siendo también su hogar. Allí conoció a quien sería su mujer, y se casó en los años sesenta. Juntos formaron una familia y tuvieron dos hijos. Desde entonces, su vida ha estado ligada a Florida.

Han pasado décadas, el Jai Alai ya no tiene el peso de entonces, pero Patxo sigue allí. Sale a andar cada día, acercándose al frontón de vez en cuando y recordando Amorebieta como el punto de partida de todo. Recordando las fiestas del Carmen con su cuadrilla del “tren de la esperanza”. Y, cómo no, siguiendo por la radio los partidos del Athletic.

Porque, aunque la vida le llevó lejos, hay algo que permanece. Su historia es la de un zornotzarra que encontró su camino a miles de kilómetros, pero que nunca dejó de ser de aquí. Un hombre al que el deporte le cambió la vida para siempre, sin arrancarle nunca sus raíces.

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